21 mayo, 2012

CUENTO DE AJEDREZ


EL HECHIZO DE CAISSA

FERNANDO ORTEGA
Ed. Viceversa, 2011



En el Siglo XVIII, el británico Sir William Jones, escribió un poema cuyo título era el nombre de esta divinidad. El poema trata de las proposiciones amorosas que Ares, el dios de la guerra, hizo a la musa Caissa. Ésta no mostró el más mínimo interés por Ares, que desesperado pidió ayuda a Apolo, dios del deporte (y de la medicina, la luz, la música, etc...). Apolo creó el ajedrez para que Ares se lo ofreciese a Caissa como regalo, y que después Caissa trasladó a los hombres.



El juego del ajedrez es una actividad mayoritariamente masculina, racional por excelencia,  lo más parecido a un tratado de matemáticas, notación musical o  filosofía mezclados con el arte de la pesca o el scrabble. Algo para lo que hacen falta unos nervios de acero, una paciencia infinita...y silencio. Que se puede jugar física o mentalmente, si uno tiene buena memoria. Es todo un universo, un amplísimo campo donde se conjugan múltiples factores, y donde la implicación del jugador es total.

Pero Fernando Ortega (Valencia, 1968), en su debut literario con El hechizo de Caissa,  ha demostrado que el ajedrez es mucho más. Licenciado en Ciencias de la Actividad física y el Deporte, es profesor de instituto y acérrimo defensor del esfuerzo y del aprendizaje, de la enseñanza y de la cultura...además del ajedrez.

La novela tiene una estructura de cierta complejidad, que trata de subsanar marcando las distintos hilos narrativos con tipos de letra diferentes. Cada capítulo muestra tres líneas de discurso: en un recuadro con tipografía de vieja máquina de escribir, hay un texto firmado por “el escriba de Caissa”. No sabremos quién escribe esto casi hasta el final del libro. Esos textos aislados nos hablan de una concepción de la vida en términos ajedrecistas. Una concepción lúdica, gozosa, feliz.

En el siguiente hilo, nos vemos inmersos en una partida de ajedrez, inserta en un torneo, una competición de altura. El protagonista lo narra en primera persona, ya que él es uno de los contendientes. Y sólo asistimos a una jugada cada vez, aunque también se nos muestra todo lo que la rodea, movimientos, sonidos, olores y miradas. Esta es la parte donde los aficionados disfrutarán y le extraerán más provecho que los legos.

Finalmente, viene la narración de la historia propiamente dicha, también en primera persona, a cargo de Marcos, un joven de origen argentino, adoptado por Roberto Vázquez, viudo madrileño, ajedrecista que ha abandonado las competiciones y la vida pública, encerrándose en el oscuro trabajo de una biblioteca y reservando un par de días para jugar un viejo amigo, invidente. Nos resulta chocante esta adopción, no comprendemos por qué un viudo que parece vivir en un mundo autista y que no es precisamente amante de los niños, se ha empeñado en llevarse consigo a este pequeño niño de cinco años, arrancándolo de los brazos de su tata María Laura, del mundo amoroso y femenino de la infancia y  trasladarlo de su Argentina natal a un país extraño y diferente, sin que haya una mujer en casa, sin encontrar un ambiente acogedor sino una fría y seca acogida. Pero la explicación llegará, si somos pacientes y seguimos la lectura con mucha atención.  Y entenderemos.

Marcos nos cuenta su vida desde el momento en que llega a Madrid. Nos lo narra como si, mientras espera la siguiente jugada de su oponente, fuera haciendo un recuento de su vida, una vida muy joven todavía, pero ya adulta. El relato nos sugiere continuos interrogantes, cuya respuesta iremos encontrando a lo largo de las páginas, en un viaje del pasado al presente lleno de misterios y de dudas,  sufrimientos y de angustias,  pequeños placeres y momentos gozosos. Recorrido iniciático, de aprendizaje; no sólo de ajedrez, sino de la vida. Como un aceite balsámico que aliña la ensalada de este niño-adolescente-joven,  el ajedrez lo impregna todo. Un mundo en blanco y negro, de reglas, tácticas, estrategias, aperturas, juegos medios, avances, jaques y tablas. Mundo que, curiosamente, se mueve para conseguir una reina y para matar al rey. Una parábola, una sustitución de esa realidad hostil por esa otra ficción controlada por el reloj y las sesenta y cuatro casillas, donde podemos repetir movimientos, con pequeñas o grandes variaciones, pero siempre en campo acotado y con un tiempo límite: la muerte, que también está presente en la narración, la muerte real y la muerte virtual. 

La búsqueda de explicaciones, la dolorosa necesidad de un padre/maestro, hacen que  la soledad frente un Roberto lejano e inasequible lleve a buscar y encontrar otros maestros, saltando del “abuelo” ciego, a Onofre, la guarida del Paraíso, y finalmente a Adrián, odioso personaje cuya tiranía sustituye a la paterna, llenando de normas y obligaciones el deseo de superación de Marcos; el amor, el deseo soterrados, subliman en la pasión constante del juego, que le absorbe todas sus energías. La supeditación de todo su universo en función de una sola idea, Caissa: el ajedrez. Todo ello es lo que encontramos en esta lectura. Pero el ajedrez es un símbolo: podría ser la música, internet, o los videojuegos. Claro que el ajedrez se presta mucho más a ese simbolismo.

No es casual que en la casa que acoge a Marcos no haya mujer. No hay madre/reina; sólo padre/rey, y muy problemático, lejano, excesivamente racional y perfeccionista, con un pasado enigmático y oscuro. No es casual, insisto, esta inmersión casi obsesiva en el mundo masculino. Entre sus amistades, el personaje de Matías –único verdaderamente “normal” entre tanto friki– es muy amable y la inasequible Sandra, la  parte femenina de la novela, es difícil de encajar, salvo por su fuerte simbolismo. Se echa en falta más información sobre Roberto, el padre, y su fallecida esposa, de la que no sabemos nada. Roberto queda siempre en el fondo, a oscuras, como un contrapunto para que Marcos brille. De un modo u otro, el mundo del juego que atrae a Marcos, le hipnotiza como en un hechizo, es un mundo lógico y matemático, hiperracional, en el que nuestro protagonista desea introducir algo de pasión, de sentimiento, un fogonazo de emoción mientras choca, sistemáticamente, con los muros humanos que le rodean. Las dos concepciones del juego: el frío, racional y perfecto frente al intuitivo, genial y emocionante, se alternan en la historia, y Marcos es quien ha de decidir cual elegirá.
 
A lo largo del relato se avanza hacia una investigación de sus orígenes, ligada a su progreso con la técnica del ajedrez, llegando al final a un clímax realmente opresivo y explosivo. El autor dosifica bastante bien la información y el avance del protagonista en su ansia de saber, de subir, de llegar. Únicamente en algunos pasajes se excede un tanto en las explicaciones ajedrecísticas, llegando a resultar, para el lector ajeno al mundo del juego, algo lentas de digerir. El aficionado al ajedrez disfrutará muchísimo, sin embargo, con esta lectura.

En suma, una opera prima de bastante calidad literaria, bien escrita, con un  cuidado lenguaje juvenil, que mantiene el interés, aunque le cueste un poco de arrancar; que crea unos personajes obsesivos pero verosímiles, -quizás el femenino es el más flojo en cuanto a su desarrollo-, cargados de simbolismo, y sobre todo, nos cuenta una historia que interesa y apasiona, y que puede tomarse literal y/o metafóricamente como un viaje iniciático hacia la madurez y hacia la vida, con una idea central: “la única meta de la seducción es disfrutar de ella misma.(....). Juego, ciencia, deporte, arte...y de nuevo, juego.”(pág. 373)

 Ariodante

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