02 junio, 2012

LA SUERTE DE THACKERAY


BARRY LYNDON 
William M. Thackeray

Redmond Barry de Ballybarry, quien luego de un matrimonio ventajoso se llamará Barry Lyndon, es calificado por uno de sus amigos como hombre original y con muchos riñones, alguien que ha decidido «irse al diablo por un camino por él mismo escogido». Tunante, mujeriego, puerilmente jactancioso, Barry es un trepador irlandés que se vale de multitud de armas (atractivo, aptitud para la intriga, las cartas y, en sentido ya no metafórico, la espada y la pistola) para escalar posiciones y ganar fortuna en la Europa del siglo XVIII. Impetuoso y susceptible, un lance amoroso es causa de su primer duelo, acontecimiento que lo precipita desde temprana edad a una sórdida carrera de aventurero; carrera cuyo arranque debe mucho al accidente, pero cuyo derrotero Barry se lo traza a discreción, empeñado en proporcionarse el suntuoso tren de vida que considera el único adecuado a su origen hidalgo –que no duda en remontar a los últimos reyes de Irlanda-.
La suerte de Barry Lyndon, novela publicada por entregas en 1844, es una de las obras en que se funda la fama del escritor inglés William M. Thackeray (1811-1863), toda una cumbre del realismo narrativo. (Otra de dichas obras es sin duda La feria de las vanidades, aparecida en 1847 y posiblemente su obra maestra.)  Llevada al cine en 1975 por Stanley Kubrick, consiste en las memorias de un personaje ficticio en cuya construcción el autor tuvo como modelo –entre otros- al célebre Giacomo Casanova (1725-1798), seductor y aventurero veneciano. Conducida por la narración en primera persona del protagonista, La suerte de Barry Lyndon opera como un verdadero muestrario de vanidades en que el humor se imbrica con el propósito de crítica social (muy en línea con cierta tradición novelística inglesa).

Es en 1760 y siendo un adolescente que nuestro personaje se lanza a la caza de la fortuna, debiendo en primer lugar asumir modesto papel como soldado de un regimiento inglés, con el que es trasladado a Alemania e interviene en lo que será conocido como la Guerra de los Siete Años. Harto del ajetreo militar, Barry usurpa la identidad de un teniente y deserta, pero su impostura es pronto descubierta y acaba reclutado por el ejército prusiano. Se ve entonces forzado a combatir con nuevo uniforme, granjeándose los apodos de «Diablo inglés»y «Diablo negro» –debido a su temeridad y a su tez morena-. Acantonado con su unidad en Berlín, se da al juego y a la vida galante, pero también actúa como informante del ministro de policía prusiano. Un día, del modo más inesperado y a raíz de los menesteres del espionaje, se encuentra con su tío, quien lo ha precedido en la senda aventurera, es un tahúr consumado y viaja con gran fasto bajo nombre fingido. Será el mentor del joven truhán; mediante las cartas, juntos desplumarán a lucidos señorones y encopetadas damas. (Barry se jacta de haber ganado una partida al célebre Potemkin, quien nunca saldó su deuda.) Por supuesto, no siempre la suerte los acompaña ni todas sus tretas llegan a buen fin. Más de una vez deben recurrir a los prestamistas, y, tras fracasar cierto plan maestro,  deben salir a escape de Prusia. Con todo, once años después de su partida, Barry regresa a su natal Irlanda cubierto de fama y riqueza, y se aplica con esmero –maquiavélico esmero, diríamos- al objetivo de desposarse con provecho. La víctima es una viuda acaudalada y muy linajuda, lady Lyndon; Barry consigue su propósito y con nuevo nombre se encumbra a lo más granado de la sociedad británica.
Disfruta entonces de regalada vida, entregándose a cuantos placeres depara la capital; en el Londres de aquel tiempo, suspira Barry Lyndon, «todo el mundo era deliciosamente malvado». Entrado el nuevo siglo y tras el quiebre provocado por la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas, puede nuestro irlandés quejarse de la vulgaridad del día. «No hay elegancia ni refinamiento; nada queda de la galantería del viejo mundo del cual formé parte», asegura; todo es diferente «desde que el vulgar corso [Napoleón, por supuesto] trastornara a la aristocracia mundial».

Falta aún la presea consagratoria: un título nobiliario. ¿Para qué sirven tantos esfuerzos si no se es un Par, si no de Inglaterra, sí al menos uno de Irlanda? Lo cierto es que a la aristocracia inglesa resulta enojosa la presencia del «tosco arribista irlandés». Ni siquiera su contribución financiera a la guerra contra las rebeldes colonias americanas (corre 1778)  le conquista el favor de la corte.  Mientras tanto, la vida matrimonial es un infierno, pues su esposa lo estorba y su hijastro lo detesta. Sólo su pequeño hijo le proporciona satisfacciones.  Luego sobrevienen las peores desgracias, y con ellas el declive inexorable. La buena estrella de Barry Lyndon se apaga.
Presto a la sátira y nada reacio a las generalizaciones,  Thackeray deja muy mal puestos a los irlandeses. (Cabe destacar que su esposa, que debió ser recluida en un manicomio, era de esta nacionalidad.) Empero, si a los irlandeses los pinta como  vagabundos, pendencieros y fanfarrones, la voz irlandesa del narrador transmite también una lamentable impresión de los ingleses, retratados como unos dechados de fatuidad y venialidad. Se lo podría  tomar como un intento de equilibrar la balanza de no ser porque Thackeray hizo de la mordacidad -sin apenas contemplaciones- una constante en su trayectoria literaria y periodística, de lo que dan cuenta no sólo sus novelas sino también sus ensayos y caricaturas.

A La feria de las vanidades su autor la subtituló Una novela sin héroe; aunque no lo lleve explícitamente, es también el sello de ‘Barry Lyndon’. Su protagonista es un granuja de marca mayor, un hombre al que las desgracias no le inspiran afán de redención alguno. En vez de esto, escribe en la vejez unas memorias en que el propósito de autojustificación es tan evidente como el de dejar testimonio de una vida azarosa como la suya. Apenas admite sus faltas. Si reconoce haber sido violento con su esposa y con su hijastro, lo hace en tono a medias zumbón,  escudándose además en la práctica habitual de las gentes de su tiempo. Él, individuo ducho en la intriga y que ha hecho de la trapacería profesión, se considera víctima de la maledicencia y la perversidad de los demás. Pero tampoco son éstos mucho mejores que él. No hay héroes.
Se trata, a mi entender, de una novela cautivadora, muy merecedora de su condición de clásico, en que el agraz de la parte final –relativo a la decadencia del protagonista- no le resta un ápice de amenidad. Asimilado el efecto del corrosivo arte de la sátira desplegado por el autor, bien se puede simpatizar con la picardía de este Redmond Barry, o -para fortuna y desgracia suya- Barry Lyndon, esquire.


Rodrigo

William M. Thackeray, La suerte de Barry Lyndon. 
Mondadori, Barcelona, 2010. 560 pp.

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