01 marzo, 2010

El acordeón de la inocencia - Juan Ignacio Barragán Fuentes

Este post fue enviado por Juan Ignacio Barragán Fuentes a gclibros@yahoo.com. Muchas gracias por tu contribución, Juan Ignacio.

Miraba los agujeros que había hecho con el taladro para colgar unos estantes donde iban a descansar los libros. Me sentaba en un banquito lleno de polvo y luego me ponía de pie para soplar los agujeros y así introducir el tarugo con facilidad. Luego le tocaba el turno a los tornillos, faltaban pocos estantes, ya no eran tantos como al principio. Nos mudábamos hacía poco al barrio de los monobloques a un departamento de mi suegra pero a mí el suceso me hacía sentir desganado y de a ratos miraba el estuche del acordeón, es que no me sentía cómodo en el departamento de mi suegra, me daba vergüenza y pensaba en toda la imagen que se había hecho ella de mí a lo largo de estos años, puras ideas de otra generación que no eran compatibles con la nuestra para nada por decirlo de alguna forma. Siempre tenía que escuchar comentarios de mi novia acerca de los pensamientos de su madre. Otra vez lo mismo, te volviste a confundir nena, nunca vas a crecer al lado de un músico, que vas a hacer con tu hijo, yo no creo que les alcance la plata, y si el se decide a trabajar en serio les iría un poco mejor, etc. Miles de etcéteras influenciaban el ánimo en mi relación y para colmo mi novia últimamente me trataba con indiferencia es más hasta parecía que ya no me quería.

Para ingresar al departamento se podía hacer por dos lugares: uno era por la puerta principal en el hall y otro por una escalera desplegable que salía del balcón. Yo siempre subía por la escalera desplegable del balcón cuando venía de tocar en el subte y el pibito hijo de mi novia siempre me impedía el paso con su estatura y sus cejas endiabladas que conformaban una cara de malvado sorprendente. Y yo lo trataba con resignación, le echaba un ojo a mi novia para que le diga algo pero ella siempre tenía la cabeza en cualquier lado con su vestido floreado y sus pies descalzos se distraía la mayor parte del día con hilos de colores en un rincón. Entonces tenía que esquivarlo para tratar de no caerme del balcón dos pisos abajo malabareando el estuche rígido del acordeón, me daban ganas de empujarlo un poquito para que se cayera al piso o pellizcarlo para que se dé cuenta que a mi no podía hacerme la vida imposible así por capricho, pero yo hacía eso y en una de esas por mala suerte era visto por mi novia, ella se enojaba tanto que yo no podía soportarlo ni un segundo y la vida se me hacía difícil en la casa de mi suegra que no la sentía como mi lugar para nada.

Mi único espacio de libertad era el acordeón porque entre otras cosas corroboraba siempre que lo tocaba que podía cambiarle el ánimo a la gente que lo escuchara. El acordeón los volvía más simples y naturales, los llenaba de risa y paz con sus notas familiarizadas con la leche materna del júbilo inocente de crecer, yo podía ver que un adolescente bailaba con su abuela, que las vecinas que no se soportaban por lo menos se reían juntas, que el policía de la esquina hablaba con el padre de un ladrón del barrio, que la familia se unía dejando las diferencias de lado por un momento, que los animales eran hermanos de los hombres, que la vida era una verdadera música tranquila bajo el sol de verano.

El complejo de monobloques tenía un sistema hecho de periféricos que fueron construidos por el arquitecto con el fin de vigilar ataques de guerra en los años que estaba todo podrido, similares al de los parques de diversiones cumplían la función de trasladarte de una punta a la otra de los pabellones con el sistema típico de cables de acero a modo de rieles por encima del complejo habitacional. Los cables cortaban el cielo celeste de la tarde en cuadrículas desprolijas y los periféricos paseaban como globos aerostáticos en el cielo.

Cuando nos mudamos organizamos una especie de reunión a modo de festejo invitando a todos nuestros conocidos al hall del monobloque. Fueron todos nuestros amigos, mi suegra, mi madre, nuestros hermanos y celebramos una pequeña velada cálida bajo la noche. Mis compañeros improvisaron una banda y se encargaron de la música de la fiesta, tomamos vino y cerveza con una pequeña mesa de bocaditos salados en un rincón. Todos parecían contentos, hasta mi amigo el pintor se puso a manchar una tela con ritmo y frenesí. Mi suegra miraba todo de reojo, mi madre tenía esa sonrisa santa que ya no me fastidia y el chiquito de mi novia estaba en brazos de ella como al comienzo de la fiesta, no la abandonaba ni un minuto y en su mirada se leía que era a propósito ese apego exagerado hacia su madre, más que un Edipo era como un hombre que jugaba sucio desde su posición insobornable, su actitud no dejaba que me acerque mucho a mi mujer que es muy bella para cualquier valor que se pueda hacer de la belleza desde todos los ojos del mundo. Entonces el chiquito volvió a salirse con su juego que sabía a la perfección que yo lo tenía muy claro aprovechándose que su madre lo consentía sin ningún tipo de límites.

Ella actuaba así con su hijo porque se sentía culpable o algo así pero cuando pasaron unos minutos y me sumé a la banda con el acordeón para acompañarlos el chiquito se acercó lentamente como hipnotizado y se sentó cerca escuchando con una rara atención observándome como si pensara la forma de tenerme enlazado en el lugar donde no podía manipularme bajo ningún punto de vista. Yo lo observé hasta que me distraje tanto en la improvisación musical que me dejé llevar por la alegría que generábamos con estas sensaciones sanas de las melodías regaladas a los invitados de la fiesta que inspiraba a que todos se unan por igual en la humildad de divertirse un poco con un pretexto cualquiera. La fiesta terminó y a la mañana siguiente me dediqué a pasear por el periférico viendo los primeros rayos del sol desde su altura, horas y horas paseaba haciendo el mismo recorrido, a veces subían personas para trasladarse a los pabellones más lejanos y me acompañaban hablando nimiedades para bajar y seguir su curso. Cuando entrábamos en la avenida principal se veía como un sueño la gente allá abajo con el sol que encandilaba tiernamente mis pupilas, entonces yo sacaba el acordeón y tocaba, la gente miraba hacia arriba sorprendida, los chicos menos interesados se distraían un segundo de sus juegos pero los retomaban con esa velocidad que los caracteriza bañándose con una manguera en la calle entre todos, disfrutando de su inocencia que a esa edad parece eterna. La vida seguía sorprendiéndome y los cambios al principio eran difíciles pero nadie duda que mi acordeón hacía feliz a la gente y eso significa tener la inocencia del viaje todavía, en esta vida cambiante.

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